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Éric Vuillard decía que la realidad es una cosa extravagante, que se encuentra en todas partes y en ninguna. Y decía, también, que desde hace tiempo está marchita. Vuillard escribió eso en el año 2014. Jamás imaginó que seis años después sus palabras se harían gigante y dolorosamente ciertas. 

El 2020, ya se sabe, para millones fue un año ignominioso. No es del todo temerario afirmar que nunca antes la humanidad experimentó una crisis espacial y temporalmente simultánea. Es cierto que en la era de las catástrofes, ese periodo oscuro que va de 1914 a 1945, montones de seres humanos padecieron los rigores de un infierno terrenal. Es cierto que tanto en la antigüedad como en la Edad Media y en los siglos venideros, en definitiva, ser humano equivalía a sufrir.  Pero nunca antes, tal vez solo durante la última glaciación, la humanidad experimentó una crisis de carácter ubicuo. 

Se trata de una crisis de la que nadie puede escapar. Se trata, pues, del cuerpo y la transitoriedad como única frontera.   

Pese a sus horrores, tanto en  la Alemania Nazi como en la Rusia Soviética existía la posibilidad de fuga. Existía la posibilidad de exilio y, por tanto, existía una esperanza territorial y epocalmente delimitada. La pandemia de la COVID-19, por el contrario, no admite tales prerrogativas. Y por eso nos ha obligado a buscar formas, no siempre con buen suceso, de construir soluciones conjuntas. 

En Costa Rica la pandemia nos pilló en medio de una de las peores situaciones económicas en décadas. Un déficit fiscal escandaloso. Una tasa de desempleo vergonzosa. Y los efectos de una reforma tributaria que no hizo más que empobrecer a las capas medias. 

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Se convocaron estériles iniciativas  de diálogo. Se efectuaron maratones de conferencias de prensa. Se gestionaron créditos hasta el punto de que hoy tenemos hipotecado poco menos de  tres cuartas partes del PIB. Y por supuesto se presentaron y se discutieron hasta el cansancio propuestas de negociación con el Fondo Monetario Internacional.  

Y seguimos arruinados. 

Repito: el 2020 para millones fue un año ignominioso. Y mal que me pese decirlo, de momento, nada hace pensar que el 2021 será especialmente diferente. Es más, podría ser peor desde el punto de vista económico y social. Pero más allá de la economía y la política está la vida, los afectos, el trabajo. Y por eso, pese a todo, me atrevo a ponderar este como un año que, también, tuvo sus momentos hermosos. 

Porque estamos vivos. 

Porque resistimos. 

Marco Aurelio, así como muchos otros filósofos, le otorgan una jerarquía cardinal a la gratitud. Yo intento hacerlo día a día. Por ejemplo, cada vez que salgo y me topo a un comemaíz, cada vez que veo la panza iluminada de un gavilán, cada vez que escucho la cortina de Charlemos y sé que vamos a empezar una nueva emisión, cada vez que alguien nos escribe para decirnos que hicimos un buen programa.  

Por eso y por tanto, ¡gracias!

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