El día que un pequeño país retó a la muerte

 En media pandemia salieron despavoridos a oler calle y humo huyendo de un encierro tormentoso, tan silencioso como Semana Santa, tan riguroso como carcelero en la celda del asesino malvado.

La gente olvidó el espectro de la muerte, ya no percibía su sudor maloliente ni la llaga putrefacta, ni reconocía su filoso azadón.

En Casa de Palacio unos cuantos mayordomos médicos como en la época Merovingia fruncían el ceño al conocer que muchos ciudadanos rompieron el confinamiento para dar rienda suelta a los apetitosos deseos de libertad.

Unos metierónse en bazares y tiendas otros en establecimientos de víveres, muchos en hacinadas calles rozándose y en fraternal saludo dejaron escapar los deseos de muestras de cariño.

En desobediencia como el pueblo Hebreo ante Moises desoyeron las súplicas y restaron autoridad al Supremo, ese día la vocinglería de la gente que iba y venía rozaba el pavimento con esporas contagiadas y ántrax venenoso.

Como mercado persa en plena ciudad agitada gritaban vendedores y otros compraban sin medida, unos para sobrevivir ante la estrechez económica otros ávidos de llevar alimentos a su mesa.

Los estertores de la muerte en hospitales cercanos dejaban escapar los silbidos de moribundos que débiles sentían dolor al toser por la inflamación de vías respiratorias.

Nada del ambiente tétrico que reinaba en las calles intimidaba a transeúntes ni conductores intrépidos en sus carromatos que desfilaban retando a la muerte.

De pronto una ligera, pero pertinaz lluvia humedeció los cuerpos en los bulevares citadinos y la gente salió de su narcolepsia para regresar a sus enjauladas casas y enfrentar las pesadillas del encierro…

#QuedateEnCasa